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¿Quién soy?

Soy Vanesa Mero, Licenciada en Ciencias de la Educación Mención Comercio y Administración; he trabajado como docente del área de Lengua y Literatura por 3 años consecutivos.

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El águila y la zorra

Un águila y una zorra que eran muy amigas decidieron vivir juntas con la idea de que eso afianzaría su amistad.

El águila escogió un árbol muy elevado para poner allí sus huevos, mientras que la zorra soltó a sus hijos bajo unas zarzas sobre la tierra al pie del mismo árbol.

Un día que la zorra salió a buscar su comida, el águila, que estaba hambrienta cayó sobre las zarzas, se llevó a los zorruelos, y entonces ella y sus crías se regocijaron con un banquete.

Regresó la zorra y más le dolió el no poder vengarse, que saber de la muerte de sus pequeños; ¿Cómo podría ella, siendo un animal terrestre, sin poder volar, perseguir a uno que vuela? Tuvo que conformarse con el usual consuelo de los débiles e impotentes: maldecir desde lo lejos a su enemigo.

Mas no pasó mucho tiempo para que el águila recibiera el pago de su traición contra la amistad. Se encontraban en el campo unos pastores sacrificando una cabra; cayó el águila sobre ella y se llevó una víscera que aún conservaba fuego, colocándola en su nido.

Vino un fuerte viento y transmitió el fuego a las pajas, ardiendo también sus pequeños aguiluchos, que por pequeños aún no sabían volar, los cuales se vinieron al suelo. Corrió entonces la zorra, y tranquilamente devoró a todos los aguiluchos ante los ojos de su enemiga.

Moraleja

«Nunca traiciones la amistad sincera, pues si lo hicieras, tarde o temprano del cielo llegará el castigo.«

Las ranas pidiendo rey

Cansadas las ranas del propio desorden y anarquía en que vivían, mandaron una delegación a Zeus para que les enviara un rey.

Zeus, atendiendo su petición, les envió un grueso leño a su charca.

Espantadas las ranas por el ruido que hizo el leño al caer, se escondieron donde mejor pudieron. Por fin, viendo que el leño no se movía más, fueron saliendo a la superficie y dada la quietud que predominaba, empezaron a sentir tan grande desprecio por el nuevo rey, que brincaban sobre él y se le sentaban encima, burlándose sin descanso.

Y así, sintiéndose humilladas por tener de monarca a un simple madero, volvieron donde Zeus, pidiéndole que les cambiara al rey, pues éste era demasiado tranquilo.

Indignado Zeus, les mandó una activa serpiente de agua que, una a una, las atrapó y devoró a todas sin compasión.

Moraleja

«A la hora de elegir los gobernantes, es mejor escoger a uno sencillo y honesto, en vez de a uno muy emprendedor pero malvado o corrupto«

Las velas del amador

Don Juan Tenorio había llorado sobre la tumba de Doña Inés. Al final, acaso, había entendido que el Amor era una expiación. Por eso, en la escena del teatro se develaba una estatua. En medio de las sombras Doña Inés sale de su tumba y exclama: “Don Juan mi mano asegura/esta mano que a la altura/tendio tu contrito afán/y Dios perdona a Don Juan/al pie de la sepultura”.

Cuando el relato de Don Juan Tenorio, de José Zorrilla, cruzó el mar desde España, el actor llegó tan maltrecho que se lo confundió con cualquier personaje entregado a los lances amorosos. Y había una diferencia: los donjuanes de América no sufrían por amor. Sin embargo el personaje se había convertido en sinónimo de buscador de aventuras amatorias y por eso no fue casual que en San Miguelito, en Tungurahua, el cazador de fragancias del pueblo sea conocido como Don Tenorio, olvidándose el de Juan, porque hasta el nombre no había podido desembarcar de España.

Este mozuelo llevaba una máxima: la empresa amatoria más ardua lo catapultaría a ser la admiración de todas las muchachas del pueblo. Por este motivo eligió a una hija de Maria, como se conocía a las doncellas que estaban con la profesión de beatas en el cuello. La joven llegaba temprano a la iglesia envuelta en una chalina negra y su cara cubierta de un velo casi imperceptible, aunque se podía intuir su cabellera larga. Don Tenorio la esperó con paciencia. Sabia que no hay diligencia mejor que la realizada con cautela.

La damisela declinó, al inició, la invitación pero ante los ruegos aceptó encontrarse en las primeras sombras de la tarde. Los jóvenes parecieron entenderse con las miradas. La mujer lo condujo hasta una casa apartada. Al cerrar la puerta una habitación mínima se develó ante la insistencia de un escaso fuego producido por siete velas. Las siluetas se proyectaron en las paredes ásperas con olor a tierra. Las sombras parecían disiparse y cuando Don Tenorio se acercó el leve resplandor se consumió. Las palabras se quedaron flotando en el aire. El joven llamó tiernamente a su futura amada pero no obtuvo respuesta. Después a tientas intentó localizar una cerilla pero fue inútil. Palpó la pared y tampoco encontró la salida.

Fue allí que comenzaron los fatigosos gritos envueltos en un eco bronco, en medio de una estancia oscura. Su cuerpo cayó al suelo sólo para comprobar que la tierra era más húmeda que antes. Para el tercer día Don Tenorio tenia la garganta lacerada y sus leves quejidos eran cada vez más distantes. Pero no dio tregua y siguió gritando mientras sus manos arañaban la pared, con rastros de sangre. Ese día el sepulturero del pueblo llegó mas temprano y escucho unas voces que salían de una tumba.

Antes de que el aliento se le termine llego hasta la casa del teniente político con la inesperada noticia y la cara desencajada como un mal agüero. Cuando los dos hombres se dirigieron al cementerio ya les acompañaba una muchedumbre ansiosa por escuchar las voces que salían del cementerio. El panteonero, junto con algunos vecinos, cavó rápidamente la fosa y en medio de terrones negruzcos apareció la cabeza de Don Tenorio, con los ojos lastimados por la luz.

Fue sacado al vilo y antes que pudiera decir nada se arrodilló delante de medio pueblo y pidió perdón por su único delito: burlador de mujeres. Los viejos de San Miguelito aun no se ponen de acuerdo en las versiones del hecho.

Brujas sobre Ibarra

Desde arriba del Torreón, la ciudad, en las noches de luna, parecía una maqueta parda llena de tejados, que guardaban jardines atiborrados de buganvillas, nogales e higos. Más arriba, en cambio, se distinguían las palmeras chilenas: enjutas y lustrosas, pese a la intensidad nocturna y las exiguas farolas, alumbradas con mecheros que –de cuando en cuando- eran revisados por el farolero, envuelto en un gabán descolorido que no impedía apreciar su silueta recorriendo esa luz mortecina que golpeaba las paredes de cal.

Más arriba, aún, el parque de Ibarra era un minúsculo tablero de ajedrez sin alfiles, donde destacaba el añoso Ceibo, plantado tras el terremoto del siglo XIX y que –según decían- sus ramas habían caminado una cuadra entera. La noche caía plácida sobre la enredaderas y la luna parecía indolente a las sombras que pasaban, pero que no podían ser reflejadas en las piedras. ¿Quiénes miraban a Ibarra dormida? ¿Quiénes tenían el privilegio de contemplar sus paredes blanquísimas engalanadas con los fulgores de la luna? ¿Quiénes pasaban en un vuelo rasante como si fueran aves nocturnas? ¿Quiénes se sentaban cerca de las campanas de la Catedral a mirar los tejuelos verdes y las copas de los árboles?

No es fácil decirlo: unas veces eran las brujas de Mira, otras las de Pimampiro y muchas ocasiones las de Urcuquí. Eran una suerte de correos de la época, acaso a inicios de siglo, que viajaban abiertas los brazos, por los cielos estrellados de Imbabura. Por eso no era casual que las noticias –que por lo general se tardaban en llegar cuatro días desde Quito- se conociera más aprisa en los corrillos de estas tres poblaciones unidas por un triángulo mágico: que ha iniciado la revolución de los montoneros alfaristas, que el Congreso ha sido disuelto, que llegaron las telas de los libaneses o que fulano ha muerto.

Todas noticias importantísimas que –de no ser por las voladoras- hubieran llegado desgastadas. Pero, a diferencia de lo que se cree de las brujas, que van en escoba, llevaban un traje negro y tienen la nariz puntiaguda, las del sector norteño ecuatoriano poseían trajes blanquísimos y tan almidonados que eran tiesos. Por eso cuando las voladoras pasaban los pliegues de sus vestidos sonaban mientras cortaban el viento. Algunos las tenían localizadas. Por eso cuando pasaban por encima de las casas, existían los atrevidos que se acostaban en cruz y con esta fórmula las brujas caían al suelo.

Otros, en cambio, preferían decirles que al otro día vayan por sal y de esta manera conocían su identidad. Pero las voladoras de Mira también tenían sus hechizos. Quienes se burlaban de las brujas terminaban convertidos en mulas o gallos. Y eso, al parecer, le sucedió a Rafael Miranda, un conocido galeno de Ibarra, de inicios de siglo. Cuentan los abuelos que el doctor Miranda desapareció un día sin dejar rastro. Sus amigos lo buscaron por todos lados infructuosamente. Sus familiares estaban desesperados. El tiempo pasó. Una tarde, un conocido del doctor Miranda recorría unas huertas por Mira y miró a un hombre desaliñado con un azadón. Creyó reconocerlo.

Al acercarse comprobó con estupor que se trataba del famoso doctor Miranda. Lo sacó del lugar y tras curaciones prodigiosas el galeno volvió a su estado normal y nunca más se sintió gallo. Otra historia, en cambio, sirvió para que Juan José Mejía, el popular y primer sacamuelas de Carchi e Imbabura, justificara una parranda de tres días. Cuando le preguntaron porque no había llegado a la casa contestó sin inmutarse: “Estuve en Mira amarrado a la pata de una cama, convertido en gallo y recién me escapo de las brujas”. Claro que estuvo en Mira y, acaso, le brindaron –como a muchos- el famoso tardón, que es una bebida que basta un solo trago para que el confiado visitante termine por los suelos, en un remolino de carcajadas.

Por eso los políticos de turno o las autoridades, que siempre ofrecen solucionar todos los problemas, se dan cuenta de los fatídicos brebajes demasiado tarde: quedan arrumados en las sillas de madera, con un olor imperceptible a aguardiente, que es uno de los ingredientes del tardón, elaborado de papa y de secretísimos compuestos que ha sido imposible develar.

La lora patoja

No hace mucho tiempo, quizá un medio siglo atrás, en las estribaciones de los andes, en uno de los pocos rincones selváticos que quedan entre el yunga y la sierra, muy cerca de una quebrada profunda y de suelo casi inaccesible para los humanos; en donde aun quedan pocos árboles milenarios, muchísimos chaparros, unas cuantas palmeras de tambán ( palma de seda) de alrededor de unos treinta metros de altura, o quizás mas; en donde se escucha el canto de los carpinteros cuando empieza a llover y el sonido ensordecedor de sus picos clavando en los troncos de los arboles para hacer huecos para establecer sus viviendas; en donde hay todavía agua fresca y pura para beber; en donde retozan sin descanso las traviesas ardillas confundidas con uno que otro chucuri que corre tras una presa asustadiza; en donde habitan los ratones colorados de monte alimentándose de las semillas que brotan de las generosas plantas; en donde aun quedan algunas familias de zorrillos que esperan las sombras de las noches para salir en busca de gusanos y mas lavas para alimentarse; en donde hay muchos cocuyos que alumbran las noches oscuras del invierno y del verano; en donde se escuchan verdaderas sinfonías de cigarras y de grillos; en donde los sapos y las ranas conviven como una verdadera familia; en donde uno que otro venado se queda enredado en sus cuernos en los bejucos rastreros; en donde no llega el olor nauseabundo de los basurales de los pueblos y de las ciudades. En una palmera, la más alta de todas, en uno de los huecos cavados y abandonado por los carpinteros, nacimos dos hermanos. Cuando pichones, muy feos, sin plumas que nos cobijaran, indefensos y frágiles como todos los seres en sus primeros días de vida. Nuestros padres, con sus fuertes garridos, anunciaban su llegada trayéndonos la comida recogida de los arboles generosos y de vez en cuando unos cuantos granos de maíz tierno recogido en las sementeras de los aldeanos. De vez en cuando escuchábamos el sonido de hachas y machetes que los labriegos usaban para hacer leña o llevarse uno que otro árbol para la construcción de sus casas.

En las alturas, en nuestra infancia, aprendimos a escondernos de los guarros hambrientos que siempre estaban volando cerca en busca de carne fresca para alimentarse o para llevar a sus polluelos. Cuando ya jovencitos, casi emplumados, vestidos de verde y rojo, con rezagos de unas lanas blancas que nos cobijaban para darnos el calor necesario, en el filo del hueco donde nacimos y nos criamos, empezábamos a ejercitar el vuelo, a fortalecer la musculatura, al mismo tiempo que ensayábamos nuestro garrir que era y es un verdadero cántico a la vida y a la libertad.

Por descuido, por pereza o por falta de destreza, en uno de los vuelos que hacíamos de rutina, fui a parar en el chaquiñán, por donde pasaban los labriegos a realizar sus trabajos en la chacras. Por coincidencia, fue en el momento preciso en que uno de ellos pasaba por allí y pudo ser testigo de mi aterrizaje de buche que me dejó casi sin aliento y sin posibilidades de escurrirme para esconderme entre la espesura de la vegetación. El afortunado labriego inmediatamente reaccionó, se cubrió su mano y su brazo con un saquillo que llevaba y protegiéndose, me atrapó para meterme en el mismo saquillo y llevarme a su casa, que será mi morada, no se hasta cuando.

Desde la tranca, es decir, desde hace muchos metros de distancia a su casa, pegó el grito llamando a su esposa, para darle la noticia y que tenía sabor a sorpresa, porque le preguntaba: adivina que traigo en este saquillo? . . .. . La mujer que se motivó, empezó a dar mil respuestas, sin acertar. . . . En ese momento el labriego me aplastó y emití un fuerte garrido que me delaté. La mujer muy emocionada gritó a todo pulmón una lora. . . una lora patoja . . . de inmediato dijo: hay que cortarle las guías para que no pueda volar y se escape. Inmediatamente llamó a su hijo Juanito, pidiéndole que trajera la tijera para cortarme las alas. El niño corrió lo más que pudo motivado por la curiosidad de conocerme y de acariciarme. El no sabía que podría hacerle daño con mi afilado pico de color, por lo que sus padres le previnieron y escondiendo sus delicadas manos se acercó para por lo menos verme de cerca. El preguntó como me llamaba y la respuesta inmediata fue, una lora . . . una lora patoja y el niño seguía preguntando y por qué y por qué . . . . .

En el corredor de su casa, entre dos pilares amarraron un palo no muy grueso, calculando que podía caminar sobre él, me cortaron las guías y allí me pusieron. Yo estuve asustada, no sabía como reaccionar, varios días no comí, en un rincón del palo permanecía acurrucada como si tuviera tanto frio, muy raras veces abría los ojos; hasta que, acepté la realidad de mi reclusión ilegal, sin tener lugar a defensa alguna. Pasaron varios días y varias noches de tristeza y de nostalgia hasta que empecé a dar fuertes gritos llamando a mi hermano y a mis padres para que vinieran en mi auxilio, mas todo fue inútil, nadie vino a mi rescate. Las penas se hicieron carne de mi carne, sangre de mi sangre, hasta que entendí que la vida tenía un valor muy grande y que a pesar de la soledad había que vivirla y con mucha intensidad.

Cada vez que me ponían la comida, me decían: lora patoja, tienes que aprender a hablar, tienes que aprender a silbar, y me enseñaban unas cuantas palabras, algunas empezaban con la P y otras con la Ch. Oyendo como ladraba el perro, aprendí a remedarlo; esto causó un logro de felicidad para mis amos. En las madrugadas y en los atardeceres no dejé de garrir para no olvidarme y cuando pasaban algunas bandadas de loros por el aire, yo corría y corría por el palo que tenía en mis patas, queriéndoles alcanzar, mas todo era en vano ellos volaban muy de prisa que nunca me escucharon los gritos que yo emitía en señal de auxilio.

En este hábitat, tan distinto al mío, transcurría el tiempo. Todas las noches, cuando eran las once, empezaban a cantar los gallos, principiaba uno y seguían los demás, se calmaban hasta cuando era la media noche, igualmente paraban un tiempo y luego cuando era la una de la madrugada, empezaban de nuevo su letanía, que felizmente era corta. Otra vez a las dos de la mañana y así cada hora hasta que llegaban a las cinco, en que sus cánticos eran mas seguidos. Era la hora en que los labriegos dejaban el calor de sus camas para iniciar sus labores cotidianas; acto seguido empezaba el cacareo de las gallinas exigiendo su desayuno acostumbrado y la aurora anunciaba la presencia de los rayos solares que tanto nos hacían falta para abrigarnos; Las vacas empezaban a mugir llamando a sus tiernos hijos y a las ordeñadoras; por su parte los chanchos emitían fuertes gruñidos para que les atendieran con sus desayunos favoritos; no faltaban el graznido y el relincho de los burros y los caballos que también exigían la atención inmediata para que les liberaran de las estacas y les llevaran en búsqueda de pasto tierno; por su parte los perros hambrientos y superando el frio del amanecer salían en estampidas al camino a ladrar a los caminantes que presurosos se dirigían a sus labores habituales; los borregos, balaban y balaban sin descanso hasta que fueran atendidos en sus exigencias; era todo un bullicio, tan diferente al amanecer de mi selva encantadora.

En este nuevo ambiente conocí a los gorriones con sus delicados gorjeos, a las indefensas tórtolas que siempre eran atrapadas por el mayor de los depredadores, el gato que permanecía agazapado esperando la llegada de indefensos seres, no se salvaban ni insectos ni reptiles, todo cuanto se movía eran devorados. También le conocí el mirlo parlanchín, que junto a los gallos cantarines anunciaba la llegada de la nueva aurora. A los abusivos guiracchuros que en bandadas llegaban a los soberados a comerse especialmente el maíz que guardaban los campesinos para su sustento. A los chirotes con pecho rojo que hacían un alboroto cuando les pescaban sacando las semillas de la tierra para comerse. A las raposas que llevaban a sus crías en una bolsa en la barriga y se alimentaban de los huevos de las gallinas cuando no encontraban frutas de chamburos y babacos. A muy pocos picaflores que revoloteaban tomando el néctar de flor en flor. A los niños traviesos que con sus flechas ahuyentaban a los indefensos pájaros que se posaban en las ramas buscando insectos para comer. Conocí, lo diferente; lo agradable y lo desagradable, lo bueno y lo feo; pero ante todo a muchos seres vivientes con diferentes formas y maneras de vida, con sus limitaciones y sus libertades; pero por sobre todo, con una fortaleza indestructible de defensa de su existencia.

El abejero de las barbas de oro

Hace mucho tiempo atrás, en una de las comarcas de la serranía ecuatoriana, cuando las Familias estaban integradas por muchos hijos y más parientes cercanos y se dedicaban a la agricultura y al cuidado de pocos animales domésticos. Cuando las casas estaban asentadas a varios kilómetros, y cuando tenían que comunicarse en casos de emergencia, se subían a los cerros para gritar o tocar el cacho. Las parcelas eran lo suficientemente amplias y la producción muy bien avanzaba para la supervivencia de todos y de todas. Los soberados eran verdaderas bodegas, en donde guardaban los granos para el sustento de todo el año. Los caminos de acceso a los pueblos eran de tierra y en invierno eran llenos de camellones debido a la humedad y al constante deambular de los caballos que servían para el transporte de las personas y de la carga. Había muchos chaparros a la orilla de los caminos vecinales y en las cercas de las parcelas; también selva virgen de donde sacaba leña para la combustión y madera para la construcción de las casas. El ambiente estuvo aromatizado por la presencia de infinidad de flores en épocas de verano. Los pájaros eran abundantes y el trinar era una verdadera sinfonía durante las tardes y las madrugadas.

La población masculina de este vecindario a mas de dedicarse a la agricultura, practicaba ciertos oficios: había un carpintero que se ocupaba de la construcción de las casas especialmente en los veranos, un herrero dedicado a la producción de herrajes para los caballos y mulos, un peluquero que además hacía de sombrerero, un sastre, un remendón de zapatos y un tejedor de ponchos, chalinas y cobijas con hilos de lana de borrego, este personaje era de tez muy blanca, pelo castaño y las barbas muy abundantes y de color oro. Entre las mujeres había una partera, una curandera que practicaba la medicina natural. También había una mujer que limpiaba el mal aire y el espanto. Pero también había una que hacía la brujería y se lo identificaba por la vestimenta negra que lo utilizaba y el fuerte olor a ruda, pues en su casa tenía muchas plantas de este vegetal tan aromático.

A misa acudían una vez al año, con ocasión de las fiestas de San Pedro, para lo cual nombraban a un vecino del lugar como prioste, el mismo que gastaba lo necesario para la satisfacción de todos y todas. Había abundante comida, música con una banda de pueblo que lo contrataba con la debida anticipación, juegos pirotécnicos, vísperas de la fiesta y la misa en el día principal en donde la gente tenía la ocasión de lucir las mejores prendas de vestir.

La casita en donde vivía «el barbas de oro», era de madera, con cubierta de cadi, tenía un amplio corredor en donde estaba instalado su telar para el servicio a la vecindad. Desde muy temprano se dedicaba a su labor de tejer y teñir el tejido para dar su terminado con la respectiva cardada y entregar la obra a su debido tiempo. La casa estaba rodeada de un amplio corralón de paredes de tapial, en cuyo interior habían muchas plantas aromáticas, algunos arboles frutales: moras, capulíes, tunas; plantas ornamentales con flores de mil colores y aromas distintos. Estaba ubicada en el partidero, en donde se unían varios senderos de acceso a diferentes barrios y parcelas. El sitio era estratégico, por lo que era visitado permanentemente por diferentes amigos y personajes extraños.

Mientras tejía las obras, a media mañana, tenía la costumbre de servirse una porción de maíz tostado en tiesto de barro que lo preparaba religiosamente su esposa; pero un día que se servía la llamada caca de perro que era el tostado hecho con panela, recibió insistentemente la vista de una abejita que atraída por el olor fragante de aquella golosina volaba y volaba con su característico zumbido que ya le sacaba de quicio. A los pocos días, mientras buscaba unos cajones viejos, de aquellos que servían para embalar jabones se encontró con la agradable sorpresa de que precisamente en el mejor cajón se había albergado una colonia de abejas reales, muy rubias y que entraban y salían sin cesar durante el día, en sus patas traseras llevaban unas bolitas de colores que el tejedor no podía dar explicación alguna. Al paso de algunas semanas, el olor a la miel era tan fuerte que la gente podía percibir al paso por el camino. Como el tejedor no sabía leer ni escribir le pidió a su nieto que estaba en la escuela que le leyera una de las revistas que tenía guardada en su baúl, en la cual había algunas fotografías de abejas. El niño que mas tarde se hiciera abogado y que tenía muy serias dificultades para deletrear provocó una fuerte decepción al abuelo que estaba ansioso de información. En estas circunstancias, el tejedor se orientó por las fotografías y tratando de interpretar con la lógica, entendió que el humo era bueno para ahuyentar a las abejas y así evitar la picada, también vio que se protegían el rostro con una malla para sacar la miel. Con estos datos y la curiosidad correspondiente, una mañana soleada, se lanzó a la aventura, para lo cual, en una teja de barro puso un poco de fuego para hacer humo, se cubrió el rostro y la cabeza con una tela blanca y sigilosamente se acercó al cajón en donde trabajaban presurosas las abejitas. Dirigió al humo hacia la colmena soplando insistentemente y así pudo ver como las abejitas habían construido unos panales de cera en donde estaba la miel, unos gusanitos blancos, y unos panales tapados con cera obscura, eran las crías de las abejas. No resistió la tentación de la miel y con la ayuda de un cuchillo de cocina cortó unos trozos de panal que lo disfrutó con su esposa y su nieto querido. Recibió algunas picadas en las manos, experimentó el dolor y la hinchazón y más tarde la comezón por el efecto del veneno. Esa noche no durmió debido a la fiebre. Su esposa le puso en las picaduras mentol y le dio a tomar agua para el resfrío.

Con estos antecedentes, acomodó algunos cajones que tenía guardados con la esperanza de que vinieran mas abejitas y así poco a poco se fueron llenando los cajones, pero sin cuadros. A los cajones les había puesto unos techos, tal cual había visto en la revista; así quedaron protegidos de las lluvias y de los rayos solares.

Un cierto día, un mercader que siempre visitaba la comarca ofreciendo algunos trastos para cocina, al paso por el frente de la casa del tejedor de las barbas de oro, se sintió atraído por el fuerte olor a la miel y aprovechó para hacer su negocio; llamó a la puerta del dueño de casa, que de inmediato lo atendió. El mercader que tenía facilidad de palabra, de pronto inició la conversación sobre el tema de las abejas; así aprovechó para contarle la experiencia vivida con las abejitas en su apiario que estaba mejor organizado. Como el tema era de muchísimo interés para el tejedor, éste invitó al mercader al almuerzo para continuar con la conversación y hacerle muchísimas preguntas.

El mercader le comentó que en su colmenar tenía varios cajones con abejas; pero que en su interior contenían unos cuadros de madera distribuidos ordenadamente para que las abejitas hicieran sus panales con la cera que ellas producen y depositar en ellos la miel, las crías, el polen y que eso le permitía sacar la miel con facilidad. Inmediatamente al escuchar esta parte de la conversación el tejedor se acordó de la revista con las fotografías de las abejas y fue a sacar de su baúl para mostrarle al mercador, el mismo que entusiasmado lo fue leyendo en voz alta y en forma pausada para que se pudiera entender bien a cerca del tema. Esta circunstancia hizo que el tejedor valorara el saber leer y escribir y que era una buena oportunidad para enterarse de muchas cosas que ocurrían en el mundo y que se transmitían a través de libros y revistas.

Como se habían identificado con el mundo de las abejas, los dos personajes entraron en confianza e hicieron el compromiso de seguir hablando a cerca de la Apicultura. Por su parte el mercader se comprometió a seguirle visitando en cuanto le sea posible para continuar con las pláticas a cerca de la temática.

Con los conocimientos obtenidos de la conversación, el tejedor, antes de que se olvidara, lo primero que hizo es ir a visitar al carpintero del lugar para que le diera construyendo los cuadros y arreglando los cajones llenos de rendijas y para comenzar a hacer bien las cosas; y, así crear las mejores condiciones de vida para las abejitas.

Como el cajón que albergaba a las abejas era muy pequeño, éste pronto se llenó de obreras y de zánganos, y como es natural en la especie, las nodrizas criaron algunas reinas con la intención de perpetuarla. Así se dio la primera enjambrazón; a pocos metros de la colmena, en una planta de chilca, se apiñaron formando una bola para proteger a su reina. De la conversación que tuvo con el mercader y de la fotografía de la revista, sacó la conclusión de que había que ponerlas en otro cajón que sería la nueva casa para que sigan trabajando. A los seis días, de nuevo encontró otro enjambre más pequeño en la misma planta de chilca; era un enjambre secundario, sin duda con una reina virgen. Otra vez hizo la misma hazaña de recoger a las abejas que no le habían picado ni una sola. Así siempre estuvo atento a la salida de los enjambres para capturarlos y formar su colmenar que mas tarde sería muy grande y el único en la zona.

Como su nieto fue a estudiar en la capital y nunca más regresó a su terruño. El abejero de las barbas de oro que ya había enviudado prematuramente, se quedó relativamente solo. Disfrutó de su existencia junto a sus abejas, se alimentó de lo que le prodigaban los insectos más trabajadores y generosos que habitan la faz de tierra. No sufrió de los achaques de la vejes. Vivió alrededor de los ciento veinte años. Su muerte fue muy dulce; tendido en la cama, se estiró lo suficiente y dejó de respirar. Nadie de la vecindad se había percatado de tal acontecimiento, su perro fiel y compañero se quedó acostado acompañándolo, hasta que sus abejas se dieron cuenta por el mal olor que emitían al descomponerse los cadáveres y de inmediato acudieron para cubrirlos con propóleos y embalsamarle junto a su guardián querido que también había muerto de pena y de viejo.

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